martes, 1 de febrero de 2011

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Cuando el sol despunta entre las nubes, y el aire se hace más irrespirable, pienso. Pienso en el pasado. Pienso en las mañanas de Abril agarrada a tu mano y me doy cuenta -por un instante- que las cosas se han salido de contexto en lo que a mi respecta. 
Diría, sin temor a equivocarme, que daría lo que sea por volver a estar en casa, entre los brazos de mamá, en aquella época en la que ella lo era todo para mí. Aún recuerdo la época en la que ella lo era todo para mí. Porque mamá, mí mamá, era la mejor mamá del mundo. Y mientras aprieto un poco más la manta sobre mis hombros para no enfriar mi cuerpo y recuerdo cosas. Cosas sin sentido. Cosas que me hacen daño.
Si pudiera decirte que te quiero
Lo diría hasta quedarme sin voz.
Es cierto también, que mientras observo a los niños caminar junto a sus padres de la mano por la calle, sonrío con ternura, y no puedo evitar recordar cuando ella lo era todo para mí, y hacía que me sintiera mejor con una caricia y un beso. No había dolor que se resistiera a sus besitos, y mis lágrimas cesaban cuando ella me abrazaba. 
A veces, cuando la herida sangra más de la cuenta, o me retuerzo de dolor, tengo ganas de decirle que esté conmigo. Cuando viene a darme un beso, a veces, me gustaría pedirle que se quede y llorar. Porque llorar con mamá siempre es más fácil. Porque ser una niña siempre será más fácil.
Esconder los ojos debajo del eye-liner
Siempre será la mejor manera de no ceder.
Así que supongo que quiero ser otra vez una niña. Tener sentimientos de niña, problemas de niña y el mismo soporte en mi vida.

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